No lo comprenderé nunca.
Me torturaré. Pondré
en todo mi voluntad
de no caer. No son nubes
las masas que ahora galopan
sobre mi frente. No son
arenas las que ahora piso.
No son veranos, estrellas,
aguas, soles, pájaros
los que maduran mi espiga,
lucen en mi noche, mojan
mi cuerpo, doran mi sueño,
suenan en mi oído, vuelan
por mi cielo...
No podré
comprenderlo nunca.
Escúchame
un momento. Óyeme ahora.
Óyeme siempre, lo mismo
que si yo fuera una rama
de tu árbol, un pedazo
palpitante de tu ser.
Óyeme tú. Necesito
saber si se olvida. A ti
te lo pregunto, que entiendes
el lenguaje de los siglos.
Te lo pregunto a ti, porque
has muerto y resucitado
muchas veces. Te pregunto
porque no te veo, porque
no me escuchas, porque no
podrás hablas ya conmigo
aunque entiendas mis palabras.
No lo comprenderé nunca.
Desde tu serenidad
lo verás todo tan claro.
Sentirás tanta tristeza
cuando no ves que luchamos
por esta pobre victoria
que cifra toda la vida.
Yo te pregunto si el hombre
olvida. Yo te pregunto
si mañana, siempre, cuando
yo la vea, pensaremos
con pena, con sensación
de desnudez, en las vidas
que nos hemos ofrecido.
Si no vendrá a atormentarnos
este pasado que es suyo
y que yo quiero que nunca
haya existido.
Me dirás que todo pasa.
(Anillo del rey David
que va desgarrando el alma
o va serenando el alma.)
Me dirás que, poco a poco,
se cicatriza la herida
cuando al hombre se le apaga
el fuego que lleva en sí.
Me dirás: todo traspone
sus límites. Todo acaba,
todo declina. No dura
siempre el mismo sol ardiente
en el mismo cielo azul.
Las hojas dejan de ser
verdes, al llegar otoño.
El hombre lo acepta todo,
se resigna a todo, lo ama
todo, cuando se le apaga el fuego que lleva en sí.
Parezco esta tarde clara
una pobre bestia ciega
que va buscando la luz.
A ti te pregunto para
que no respondas. ¿De qué
servirían tus palabras
si dentro de unos instantes
volveremos a besarnos
y quizá florezca todo
o se nos derrumbe todo?
Hablo por hablar, por dar
libertad a mi demonio;
no porque puedas prestarme
la calma que busco yo.
A ti te pregunto. Nunca
te volveré a hablar. Pregunto
con el corazón ardiéndome
en la boca. Solo tú
comprenderás estas luchas
de los pobres seres vivos
que para ti ya no cuentan.
Por hablar. Por dar
salida a mi cruel demonio.
No pregunto porque puedas
darme la serenidad.
Porque ella y yo nos veremos,
volveremos a besarnos
y, a solas, frente al pasado,
la luz se hará.
(Será luz negra o luz alta
de mediodía azul, pero
la luz se hará).
Fotografía tomada de la página de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo
José Hierro (1922-2002) nace en Madrid. A sus catorce años publica los primeros poemas en un periódico de Gijón. Gana el Premio de la Crítica en 1964 por el Libro de las alucinaciones. En 1981 recibe el Premio Príncipe de Asturias. Obtiene el IV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995. Premio a la Crítica 1998, el mismo año fue elegido académico de la Real Academia de la Lengua, Premio Nacional de Poesía, Premio Francisco de Quevedo y Premio Aristeion. En el 2002, el año de su muerte, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universida de Turín.
http://www.cpoesiajosehierro.org/web/index.php/
http://www.uimp.es/blogs/prensa/2010/08/06/la-uimp-recuerda-la-figura-de-jose-hierro-en-su-novena-semana-de-actividad-academica/


Gracias por la invitación a participar
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